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Por Andrés Cáceres

Entrevista realizada en julio de 1969. Publicada en Los Andes, Mendoza, en las ediciones del 27 de junio de 1987 y del 20 de junio de 1993; y en Hocevar, Sergio (1994) Sergio Sergi. Obra Xilográfica completa y testimonios. Mendoza.

 

En cierta oportunidad dije que a las mujeres y a los artistas no se les debe preguntar la edad y lo sostengo. Por otra parte, cuando nací era tan chico que sólo pude saberla mucho después, a través de chismes, pero la he olvidado. La edad es un prejuicio astronómico, aunque también una realidad biológica evidente, y esto es lo triste. Nací en Trieste bajo el signo de escorpio. En cuanto al lugar, en esa época pertenecía a Austria; en cuanto al signo debo decir que no creo en absoluto en la astrología, que es una superstición y por lo tanto trae mala suerte. Que la luna influya en el agua y en la siembra no quiere decir que tenga influencia sobre el hombre. ¿Qué pueden hacer las estrellas tan distantes para que uno sea de una forma u otra?

Detesto las entrevistas, salir en los periódicos y que se hable de mí. Mi vida no tiene nada de interesante, ha transcurrido en las sombras, es oscura. Si acaso dije alguna vez que admiraba a los periodistas, ha sido la primera mentira que recuerdo haber dicho, aunque en realidad algunos de ellos suelen ser admirables, sobre todo los que son mis amigos.

La lengua de mi niñez fue el dialecto veneto. Fui a la escuela alemana, en Viena, y más recibí justo cuando tuve que ir al frente. Estudié en alemán y ahora debo expresarme en castellano, habiendo sido otro el idioma que me enseñaron mis padres. Esto es más importante de lo que parece; a veces quisiera tener la habilidad de Cortázar para expresarme. Con él mantuve correspondencia cuando estuvo en Buenos Aires y cuando se fue a Europa dejé de escribirle pese a que me siguieron llegando sus cartas.

Fui cabo de sanidad en una compañía de artillería de montaña y recibí dos medallas como premio al valor militar, pero no son de oro o de plata sino sólo de bronce. Una tercera medalla fue para la tropa, la Cruz del Emperador Carlos de Austria. Nunca presumi de mi valentía. La única valentía que tengo es la de confesar mi cobardía, que es la condición biológica del hombre normal.

En 1915 estuve en el frente pero no maté a nadie y nadie quiso matarme a mí. Cuidé enfermos por la guerra durante un año y cuatro meses de hambre feroz. No llegué a comer ratas pero sí carne de caballos muertos de hambre. Tal hambre tenían los caballos que buscaban entre la arena y la madera un poco de paja. Ningún caballo come paja, aquellos la comían juntos con arena y madera y de eso se morían.

La guerra fue para mí una experiencia terrible y cortó mi carrera; en ese sentido fue una pausa obligatoria a los 18 años cuando me estaba formando artísticamente. A pesar de ello mantuve un ideal frente a la plástica, pero poco después se vino abajo. A los 15 años tuve conciencia de mi vocación. Elegí el camino pero no la meta, que es inalcanzable en arte. El camino fue largo y fatigoso. Tuve oportunidad de ver los hombres al desnudo: durante la guerra nadie tiene tiempo de hacer comedias. Me vi obligado a revisar la educación que recibí y traté de rechazar todo lo falso que se me había enseñado.

Para un alma archivista la gente puede encasillarse catalogarse. Yo tengo una clasificación quizás simplista pero efectiva desde mi punto de vista: los hombres sonsinceros o no lo son. Hay tipos metódicos que hasta el amor lo hacen por el calendario. Considero que la vida consiste en vivirla como se la siente, cada cual seguir su camino, su vocación, buscar su propia experiencia. Los hombres no sinceros no me interesan; los otros, aunque puedan ser antipáticos, me interesan por lo que pueden dar. La amistad no consiste en estrecharse un par de veces las manos.

El fascismo surgió con un programa muy hermoso pero prefiero no hablar de esto. Baste decir que puede haber una mala democracia como una buena dictadura: depende siempre de los hombres que están en el gobierno. Hitler, por ejemplo, tenía un magnetismo personal indudable. Un ex cabo, para colmo austríaco de nacimiento, se metió a toda Alemania en el bolsillo. Toda la matanza del régimen nazi se supo después. Yo nunca estuve de acuerdo con Hitler pero él tampoco me preguntó.

En 1927 vine a la Argentina. Me sentía incómodo en Europa y le escribí a un amigo, un arquitecto mayor que yo, muy buen amigo e instalado aquí desde hacía varios años. Me hizo una buena composición de lugar pero cuando llegué tuve una sorpresa favorable, pues me encontré con una plástica bien desarrollada y un elemento humano que no esperaba. Estuve un año en Buenos Aires. No pasé miseria pero sí pobreza, después un año en el campo, así aprendí a conocer la faz campesina de la Argentina. El criollo es un señor en su rancho y tiene una tradición y una costumbre. En Europa cada región tiene un modo de vida particular, distintos entre sí. En general la gente campesina más pura no tiene “status” y no le interesa la figuración.

A Mendoza llegué en 1943, vine contratado por la Universidad y aquí me jubile en 1963. Estoy bien en Mendoza, me gusta su geografía, su clima y su gente. Tengo muchos amigos con los que me siento verdaderamente acompañado y en los que he encontrado solidaridad y comprensión admirables.

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Me confieso impulsivo; sigo mis instintos que son caprichosos, y no tengo método ni disciplina alguna. Soy un disconforme conmigo mismo, me siento fracasado y hubiera querido ser más y mejor. Ahora, en la etapa descendente de mi vida, cansado, me siento fuera de la órbita que rige y dirige la plástica; me siento distante. Creo, a pesar de todo, en el arte. A mi juicio se deben respetar todas las tendencias, pero el único “ismo” es el “artismo”: hacer con arte. La invención de los “ismos” que han invadido últimamente el arte, me hace suponer que está en decadencia, pues no son más que sarampión de moda. Por eso a un joven de 20 años le diría que sigas sus inclinaciones, y que pregunte menos y observe más.

He tenido alumnos notables y una de mis satisfacciones es la amistad que tengo con mis exalumnos: Carlos Alonso, Enrique Sobisch, Supisiche, entre otros de igual mérito que ahora no recuerdo, fueron alumnos míos. Supisiche, a quién le faltaba el brazo izquierdo, me hizo ver gonzar muchas veces de mis dos brazos. Durante algunas vacaciones que pasamos juntos, me humilló con su habilidad para remar, cazar, pescar, hasta me superó en la plástica.

A Sobisch no pude darle lo que le di a Alonso: disciplina. A los alumnos de la academia se los deja ahora hacer abstracto y se reciben de profesores y no saben dibujar. No estoy en contra de lo abstracto pero primero se debe aprender a dibujar una cabeza, una naturaleza muerta. Para deformar primero hay que saber hacer una cosa. No es lo mismo tener necesidad de deformar que deformar algo por no saber hacerlo. El abstractismo es una moda pero hay que respetarlo como a todas las tendencias.

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Soy ante todo un animal estético, a las mujeres las miro y admiro por razones estéticas. Claro que esto de lo estético es un eufemismo. Sostengo, eso sí, que las mujeres son el invento más maravilloso del Padre Eterno. De todos modos no podría vivir con ninguna mujer, porque no me aguantaría, y yo tampoco aguanto a nadie. En una ocasión me preguntaron si me gustaba la mujer y desde luego dije que no. Me gustan las mujeres, no la mujer, y soy constante mis gustos: desde joven me gustaron las mujeres jóvenes. Las delgadas se encuadran en mi gusto con exclusividad. Si debiera apuntar algún defecto, diría que este es el único que tengo: gustar excesivamente de ellas. Por otra parte, ¡qué voy a hacer si todo lo que hace daño o es pecado es tan terriblemente seductor! Las mujeres han sido un aliciente en mi vida, una inefable compañía. Pienso que le dan conciencia a un hombre de su razón de ser. El hombre es una dicotomía desde este punto de vista. No porque la mujer sea la mitad que le falta, cómo se suele decir por ahí, sino porque el hombre no podría vivir sin ellas. De todos modos, el casamiento no es una solución sino un accidente.

Pese a todo lo que pueda decir soy, dentro de mi libertad y mis ansias de ser y vivir libre, un esclavo de la armonía. Suelo encontrar cosas tan feas que a poco de verlas me parecen interesantes: siendo feas en su totalidad existe armonía, la armonía de lo feo. Cuando es feo un elemento o dos en una totalidad hermosa, la obra se viene abajo irreparablemente

Soy un ávido lector. No hay “bestseller” que no haya pasado por mis ojos. En este momento recuerdo a Miller, a quien aprecio por toda la filosofía que tiene, al margen de su erotismo. A lo largo de toda su obra le da al lector un motivo para pensar. A Joyce lo conocí personalmente: nunca aparentó poder ser el autor de “Ulises”. Era más triestino que yo; hablaba el triestino y se sentía triestino.

Yo soy un malandra. Hoy no ha venido la casera y no sé porque me acordaba cuando era un gringo y nadie me llevaba el apunte. Tenía que ir a los burdeles y me sentía muy mal. Todo el mundo me miraba y tenía miedo de que alguien estuviera espiándome.

Me compré este rancho y lo arreglé un poco. Fue el más barato que encontré. Desde luego que me gustaría tener un lugar más cómodo: un piso en la galería piazza o un chalet en Chacras de Coria. Pero no tengo ninguna pretensión. Aquí vienen mis amigos, tengo muchos. Y mis amigas… ah, no quiero compromisos. Cuando estuve enfermo me cuidaron mis amigos y hasta me dieron sangre. Ocho litros. Ya ni sé quiénes fueron. Cloy, me dijo mi (ex) mujer, es tu mejor amigo se quedó toda una noche lado tuyo. Aquí tengo de todo. Hasta dedicatorias escritas en las paredes.

En la vida hay que ser honesto. Un colega mío dice siempre que se debe ser astuto. ¿Para qué? Honesto hay que ser, no astuto. Me hubiera gustado hacer y saber muchas cosas. De todos modos, me gustan las herramientas y los elementos que se utilizan en el grabado, particularmente el olor a tinta. El grabado es la faz literaria de la plástica.

Algo que todavía no entiendo es cómo pude empalagarme de música clásica al extremo de no soportarla. Amo el jazz y hubiera deseado ser baterista. A pesar de esto no he encontrado el ritmo que hubiera debido acompañar mi vida; no he encontrado mi ritmo. ¿Deberé buscarlo todavía?

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